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Ideas para el Proyecto Nacional (I Parte)

PRÓLOGO

Parece existir en la Argentina una ley que se cumple inexorablemente: cada gobierno -salvo honrosas excepciones- deja a la nación peor de lo que la encontró.

Con gobiernos "de hecho" o "de derecho", y con buena o mala fe de los gobernantes, hay una constante: la aplicación de ideologías erróneas que comprometen la formación plena del ser humano; realización que solamente es posible en la actividad comunitaria de su esencia política. Esto lleva, naturalmente, a comprometer el mismo destino nacional.

Por lo demás, sin una concepción trascendente del hombre y de la vida, cualquier intento de construcción política, social o económica no es más que una de las tantas utopías que ideólogos extraviados han inventado a lo largo de la historia; si a esto le agregamos "los desvalores que nos proponen dede afuera" (Obispos de la Argentina. 2000), el cuadro resulta comprometedor. Se ha llegado a una serie de desaciertos que ponen a la Argentina en peligro de disgregación.

Para el rescate de la Patria no hay varias opciones sobre las cuales se pueda elegir. Solución hay una sola: reedificar el Proyecto Ncional sobre una recta valoración del Ser Argentino.

Frente a sistemas colectivistas o liberales; ante proclamas conservadoras o seudoprogresistas; en contraposición a ideologismos socialdemócratas o autocráticos, ofrecemos nuestra visión de ese Proyecto.

Desde los mismos orígenes de la Patria, dos son los sistemas que se disputan su dominio político: el americano y el europeo (José de San Martín). El primero, nacional, esencialmente espiritualista, resulta solidario, gestor de la independencia, proteccionesta, cultor de los valores tradicionales-religiosos, integrado con las patrias hermanas de "nuestra América" (José Martí), donde la libertad es atributo de la tierra, pues no se puede ser libre sin independencia (José Gervasio de Artigas).

El otro, colonial, materialista, individualista, dependiente, procapitalista, es decir, culturalmente imitador de lo foráneo, reducidor a los intereses de la pampa húmeda coincidentes con las apetencias imperialistas, cuyo patriotismo se limita al puerto y la única libertad reconocida es la de comercio; el partido de "las Malvinas mentales ocupadas" (Osvaldo Guglielmino), hoy bajo siglas políticas diversas, pero todas tributarias del devastador Nuevo Orden Mundial.

El pensamiento Nacional es resumen de la labor de miles de compatriotas que dedicaron sus vidas a pensar la Patria. Federalismo Rosista, Radicalismo Yrigoyeneano o Justicialismo Peronista fueron sus expresiones más claras, lúcidas y efectivas; pero el mismo no pertenece a ningún sector en particular, sino que es propiedad de los argentinos. De allí que cada uno puede aportar, desde enfoques complementarios, su propia versión o idea. Para "ser lo que somos" (P.Castañeda), pues "HOY LA PATRIA REQUIERE ALGO INÉDITO" (Obispos de la República Argentina. Mayo de 2001).

A todos esos argentinos que piensan, sientan y aman esta tierra, única ("No pueden haber dos nacionalismos". Hugo Wasta), los exhortamos a que ocupen un puesto de acción y de lucha, y el honor insigne de constituirse en celosos guardianes de las grandes banderas nacionales, herencia común de todos cuantos crean en eso sublime llamado:

¡ A R G E N T I N A !

 

I. NUESTRA TIERRA. NUESTRA SANGRE. HERENCIA Y DESTINO

1.- La Argentina resulta hoy de la conjunción de las dos primeras oleadas inmigratorias: la denominada indígena, de unbicación temporal desconocida, y la hispanoamericana, con fecha precisa. Así se fue gestando el criollo que, unido a la tierra y derramada su sangre en defensa de la herencia que se fue tornando común, formó el tipo llamado argentino.

Los terceros grupos inmigratorios, tras la conformación de la nación independiente hasta nuestros días, fueron completando la situación antedicha. Y siguen estando abiertas las puertas del generoso corazón argentino para todos los hombres del mundo que con... buena voluntad quieran incorporarse a nuestra ecúmene; solidaria actitud que nunca preguntó ni por la raza, ni por la religión, ni por las ideas, sino que abrió sus brazos en conjunción de amor y esperanza. En este "gran crisol de sangre y espíritu" es como se realizó "la fábrica esencial de la argentinidad" (Comodoro Oliva), con estilo propio, misión trascendente e historia a cumplir. La Argentina no puede constituirse, como pretenden ciertos imperios dominantes y aceptan pasivamente descastadas oligarquías vernáculas, en suburbio lejano de metrópolis ajenas. Nuestro Pueblo tiene sus raíces en su historia, en su suelo, en sus tradiciones, en su fe, pero tiene su mirada tendida hacia el futuro: por eso es patria (tierra de padres) y por eso es nación (tierra de hijos) (P. Ignacio I. Ezcurra).

La existencia de ésta no es resultado de un acuerdo entre grupos de pobladores; no es un contrato de partes originado por relaciones de conveniencia entre familias y regiones para proteger algunos intereses, propiedades o bienestar, colaborando con alguna autoridad creada al efecto. La Nación concebida como construcción voluntaria y, por ende, rescindible, para resguardar los valores materiales más o menos circunstaciales, aunque importantes en sí, descononce que la ligazón del hombre con su Patria va más allá de la utilidad o la comodidad, del "ubi bene", del sentirse bien, del amor sensible, del amor de complacencia. Nuestro amor hacia la tierra es metafísico, de construcción, arquitectónico, que se torna proyecto de vida en común, heroico en algunos instantes de la misma (como en Obligado o en Malvinas), totalizador y participativo (de todos y para todos), sacrificado siempre (amamos a la Patria aunque no nos guste como se halla, y precisamente por eso).

2.- Nos reconocemos, entonces, proviniendo de una etnia, la iberoamericana, que fundamenta su filiación en la cultura greco-romana. La argentinidad hunde sus raíces en la armónica inteligencia de la filosofía griega y en la firmeza de las instituciones romanas que, fertilizadas con el espíritu vital del Cristianismo, fue engendrada por la Hispanida gótico-arabiga: ésta, en apasionada unión con la tierra virgen, engendró la novedad de nuestra América: el fantástico mestizaje, que fue "también cultural" (Armando Raúl Bazán) resultó, así, la conquista del conquistador por el conquistado.

La etnia iberoamericana -misma lengua, idéntica cultura, espacio geográfico común e igual destino histórico- es presupuesto inescindible para nuestra común realización histórica. La lamentable realidad de nuestras frustaciones casi bicentenarias así lo demuestran.

Nos reconcemos, sí, occidentales; pero ¿de qué Occidente? No precisamente del actual occidente materialista, ateo, decadente, hedónico, individualista que ha perdido su profundo significado cultural cristiano. Vivificados los argentinos con un estilo peculiar que hace que seamos lo que somos por los valores que portamos, y sin los cuales no seremos nada (San Martín), hemos conformado "una realidad histórica y social nueva" (P.Carlos Escobar Saravia). Sabemos que sin la conformación de la gran Nación Iberoamericana (donde puedan convivir las patrias soberanas) nuestro futuro se halla seriamente comprometido ("unidad, unidad, o la anarquía os devorará". Bolivar); y sabemos también que la filosofía, en su más alta expresión común (y no en vano discurrir de modernos y trasnochados sofistas politiqueros), nos indica que los factores materiales no pueden ser ni principio ni fin de las acciones humanas, sino tan sólo medios para el desarrollo integral de la persona, es decir, que ésta recupera la "escala de magnitudes... para que posea plena conciencia de que, ante las formas tumultuosas del progreso, sigue siendo portadora de valores máximos..." (Perón).

3.- Y sabemos que somos cristianos, es decir, católicos. Desde el nombre de las ciudades, nacidas de la espada (Juan B. Terán) (nuestra primera población hispánica, de 1527, en el Paraná, resulto el fuerte de "Sancti Spiritus"; la última, en 1683, "San Fernando del Valle de Catamarca"), hasta la formación de una verdadera "democracia de hidalgos" (Federico Ibarguren), la caballerosidad, el espíritu de generosidad, la preeminencia de los valores superiores y trascendentales, la lealtad, la valentía... nos conformó en "americanos de índole hispana" (Alberto Buela), porque "Argentina nació católica" (P. Cayetano Bruno).

Y, también, sabemos que podemos conocer y preservar valores permanentes que surgen del Orden Social Natural, jerarquía y armonía, y que todo hombre está llamado a defender; del cual deriva el derecho natural debido al hombre en razón de su esencia (Carlos A. Sacheri). Sabemos que existen valores sociales fundamentales: la justicia, el amor, la verdad, la libertad; conocemos la diferencia entre el bien y el mal, que no son relativos, sino que conllevan categorías absolutas. Pensamiento y acción, razonamiento y fe, ciencia y técnica, sentido moral y trascendencia espiritual, mística y heroísmo... son todos elementos que conforman nuestro Ser Nacional, sin cuyo reconocimiento y defensa no podremos brindar el aporte a la crisis que sufre la humanidad en general y nuestra Patria en particular. "Recuerda, amigo Sancho, que nadie es más que nadie, sino hace más que nadie" (Don Quijote). Sin ningún tipo de ambigüedades, la respuesta argentina al mundo actual debe proyectarse desde esta cosmovisión, fundamentalmente espiritual y esencialmente humanística.

4.- Esto criollo, esto mestizo, esto argentino, esta fusión configura los linajes primigenios con un peculiar modo de ser. por ser una Nación nueva, la tarea de buscar características distintivas resulta ineludible; entre controversias y titubeos, en actitudes cambiantes y a veces inaprensibles, sabemos que lo ARGENTINO EXISTE. De allí la importancia de conocer nuestra génesis, de entender, sentir y comprender nuestra vera historia, de asir lo heredado de nuestra estirpe, porque habremos de ser lo que fuimos. No es una vuelta nostálgica y utópica al pasado; "tradición no es quere muertos a los vivos, sino vivos a los muertos" (Chesterton). Se torna imprescindible articular un modo propio del todo; sólo así podremos salir de una postración que amenaza con paralizarnos por siempre. Somos argentinos, criollos (lo indígena, lo hispano y lo europeo sin exclusiones suicidas); esto amola lo nativo y lo heredado, en función de una originalidad sustancial. Y en la necesaria integración con otras particularidades culturales, debemos ir reafirmando más que nunca nuestras peculiares esencias porque "ARGENTINA ES EL HOGAR" (Perón)-

En lugar de esta armónica y fértil convivencia, quienes apuntan a nuestra desintegración pregonan un pluralismo que concluye en coexistencia de colectividades y desculturización nacional.

Desde ese conformado hogar es cómo podremos proyectar nuestra unidad de destino; primero en el reagrupamiento que señala la Cruz del Sur, en las Provincias Unidas Rioplatenses; cuatro estrellas y una en realidad: Alto Perú, Banda oriental, Paraguay y Argentina, hacia nuestra América, después; y en servicio del universo, en tercera instancia. Que ya lo sostenía el primer gran Caudillo Federal, Artigas: Confederación para la defensa común, libertad, soberanía e independencia económica.

La lamentable situación que estamos padeciendo hace que "el nuevo siglo encuentra al país en una situación tan delicada que no le deja vislumbrar el rumbo y la orientación de su historia" (Obispos de la República Argentina. Mayo de 2001); y sin clara visión histórica, con sus más y con sus menos, no será posible volver a ser. Los enconos, los odios, la búsqueda enfermiza de goces materiales, como el dinero y el sexo, en estos casos normalmente provenientes de un poder irresponsable, lleva al no-servicio del bien común, sino al servirse del esfuerzo de todos para beneficio de partidismos sectarios y elitistas.

5.- El hombre es persona, Señor de sí y de las cosas, por ser portador de principios morales y de valores trascendentes. Como ser que decide es libre y, por tanto, responsable de su conducta y de su vida.

Esta dignidad de la persona humana -fundada en su semejanza con Dios (Gén. I, 27)- debe ser desarrollada en tarea inacabable en la comunidad para el logro de una sociedad organizada en justicia. Así el hombre, "animal político" y "ordenado a la convivencia social" (Aristoteles), adquiere plena conciencia de su responsabilidad y de su libertad, sanamente ejercitadas en el marco socio-político que lo encuadra.

En la búsqueda del bien común, que no se identifica con el bien personal de ninguna persona en particular, es como el hombre encontrará su propio bien (Santo Tomás); y porque el bien común no es yuxtaposición, resulta de una jerárquica ordenación de los bienes particulares en función de los más importantes y generales.

Sólo así es posible la realización del hombre -persona y comunidad- ya que "el hombre se realiza en una comunidad que se realiza" (Perón). Lo escribía magníficamente Ignacio Anzoátegui: "La grandeza del león necesita de la grandeza de la selva, como la grandeza del hombre necesita la grandeza de la Patria".

6.- Ser persona significa existencia moral libre, entendiendo la libertad como un medio para cumplimentar la vocación humana, dirigida hacia Dios como a su Fin y Bien Supremos; y no como un fin en sí que, al no reconocer nada superior al capricho individual, confunde bien y mal, verdad y error, relativizando todo y socavando el fundamento esencial social del hombre. De esta forma se niega la misma libertad que se pretende y, por supuesto, se compromete el objetivo adecuado de la misma.

El ser humano supera la mera dimensión biológica de trasnochadas teorías; porque dotado de intelecto y voluntad, y elevado por Dios al orden sobrenatural, puede interrogarse acerca de su vida, de su origen y de su destino; y, libremente, puede encontrar las respuestas concretas adecuadas para lograr sus fines más elevados.

Esta noción de persona, fruto exquisito del pensamiento humanístico trascendente, es conclusión lógica de la concepción más excelsa del ser humano: el hombre sobre las cosas, junto a los otros, de cara a Dios.

La persona humana así entendida, principio y fin de la comunidad política recta y jerárquicamente organizadas, es fundamento de toda afirmación política, social, cultural, económica... que tenga como objetivo la reafirmación del espíritu nacional. Espíritu que plasmado en la doctrina, no resulta como disposición de principios políticos, sino como consenso en valores comunes.

7.- Por propia naturaleza, entonces, la persona humana es titular de deberes y derechos universales, inviolables e irrenunciables. El ejercicio de esos deberes/derechos garantiza el normal desenvolvimiento del orden social natural.

Los deberes, indispensables porque el hombre no es un ser insolidario ni egoísta, confluyen hacia la sociedad que se va transformando y enriqueciendo con el aporte de todos, desde la familia, "grupo primario y fundamental de la sociedad" (Constitución de 1949), (hoy severamente cuestionada y atacada por legislaciones antinaturales), y los grupos intermedios, "cuerpos orgánicos... que participan en la construcción de la decisión política" (A. Buela), hasta el Estado, órgano supremo integrador, instrumento histórico de la realización del destino de la Nación y del Pueblo (hoy lamentablemente transformado en coto de caza de intereses minúsculos y corruptos).

Los derechos que brotan de la naturaleza humana posibilitan la realización integral de la personay, por tanto, deben ser tutelados y defendidos por el Estado contra todo intento de negación o supresión; porque a los hombres -"personas de diálogo y dueños responsables del destino común" (Episcopado Latinoamericano)- no les es lícito soportar el dominio de ninguna imposición, ya sea individualista o colectivista, ni financiera ni tecnocrática, tampoco política o cultural. Más aún, cuando estas dominaciones, como ocurre actualmente con el perverso Nuevo Orden Mundial, están recubiertas con un máscara seudo-democrática, y manipuladas por medios de "des-comunicación", mediatizados éstos por poderosas organizaciones financieras internacionales.

El hombre, todo hombre, debe tener asegurada la suficiencia de bienes, no sólo materiales, sino también morales, intelectuales y espirituales. Por eso que el verdadero desarrollo es " de todo hombre y de todo el hombre" (Pablo VI). Así podrá concretar sin menoscabo las actividades que conduzcan a su inserción comunitaria, con la posibilidad de felicidad que pueda brindar su naturaleza solamente realizada definitiva e íntegramente en Dios (San Agustín).

Recordamos, entre sus derechos:

A este respecto hacemos nuestro el artículo 37 de la Constitución Social de 1949 y los derechos de la familia proclamados por la Santa Sede en 1983; consideramos que sobre estas bases podrá ir construyéndose un orden soical justo y solidario.

El hombre argentino, entonces, por el mismo hecho de haber nado en esta tierra, debe tener asegurada la polibilidad de vivir en plenitud en la misma (Eva Perón), mereciendo este insigne derecho por ser responsable en sus obligaciones. De allí que la prioridad debe ser "la constricción de bases materiales, culturales y espirituales" que nos permitan ser nación (Arturo Frondizi).

8.-El Argentino, dueño y servidor de su Patria, tiene hacia sus compatriotas un deber irrenunciable: la solidaridad. Solidaridad que también se expresa hacia la Nación -destino común de todos los argentinos y de todos cuantos con buena voluntad quieran habitar su territorio- a la cual la unen insoslayables deberes de justicia y de amor, aún a costa de esfuerzos, trabajos y sacrificios. Dios nos puso aquí, en esta Patria, como misión a cumplir y como medio para guiarnos hacia la morada definitiva (P. Alberto I. Ezcurra).

Una convivencia fraterna sólo es posible cuando todos nos reconocemos hijos de Dios, fundándose el auténtico y verdadero respeto mutuo. De este modo una vida política verdaderamente humana y erigida sobre principios cristianos, exige sentido de justicia y vocación de servicio en todos los miembros del cuerpo social. El hombre, ser desposeído por naturaleza, necesita del otro; y este otro, al dar no se empobrece, sino que va enriqueciéndose aún más. Es el misterio del amor simbolizado en el Pan Eucarístico que, multiplicado, no se agota, sino que reparte de su profundidad.

Los deberes políticos y sociales, ejecutados a conciencia por los ciudadanos, constituyen fundamento imprescidible para la consolidación del sano orden comunitario. Pero sin la concepción cristiana de la vida, como enseña Arturo Sampay, no existe ni justicia, ni libertad, ni seguridad porque el hombre no puede vivir sin un sistema absoluto de valores, ya que "la política no puede limitarse a una mera técnica para conquistar el poder y conservarlo, sino que requiere una visión clara de los verdaderos que han de orientarla" (Juan Llambías de Azevedo).

Lamentablemente hoy se vive de sofismas, con relativismo, sujetivismo, escepticismo y venalidad (Bernardino Montejano). Todo esto "quita a la convivencia civil cualquier punto seguro de referencia moral"; asimismo "si no existe una verdad última -la cual guía y orienta la acción política- entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fin de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible en encubierto, como demuestra la historia" (Juan Pablo II).

Y esto es así desde el preciso instante de la Encarnación en que el Hijo de Dios, Cristo, "se metió" en la historia. De allí aquello de "dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios" (Mt. XXII,21), debe entenderse el sentido de que el César también es de Dios.

El modelo uni-mundialista avanza, con centro operativo en los Estados Unidos, que hace el trabajo sucio, y con inteligencia planificadora en la Gran Bretaña, a través del secularismo profano (democracia liberal, derechos humanos y sacrosanta religión del mercado), y del secularismo religioso (sectas y nueva era) (Rodolfo Mendoza).

9.-Cada uno debe responder ante la comunidad por el cumplimiento de sus obligaciones; y los que posean y puedan más, tienen la obligación de hacer en favor de los que posean y puedan menos. Pensar y hacer otra cosa, es reducir al hombre a la categoría inferior de lobo.

El esfuerzo solidario dirigido a amparar, abrigar y alimentar a los desposeídos y necesitados, no sólo es manifestación caritativa de amor fraternal que surge del mismo corazón de Cristo, sino cumplimiento obligatorio de un deber de justicia social hacia los que conviven bajo un mismo cielo, compatriotas de una misma tierra e hijos de un mismo Dios. Justamente quien lucha por la justicia social no es solamente el que abriga lástima al comprobar la necesidad ajena, sino quien siente vergüenza de la misma (Héctor Oscar Legnani). De allí, las palabras de la Madre Teresa: "Dar hasta que duela".

 

(En la próxima actualización publicaremos la segunda parte)

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