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Ideas para el Proyecto Nacional (II Parte)
III. TRABAJO. SINDICATO. EMPRESA
10.- El trabajo es el derecho que tiene todo hombre para satisfacer sus necesidades materiales y espirituales; y un deber hacia la sociedad de la que es parte; una forma de contribuir al esfuerzo común para el logro de un orden socio-económico justo y digno. La regla general debe ser: "cada uno debe producir por lo menos lo que consume" (Perón).
Consideramos el trabajo como expresión de la singularidad del individuo y no como algo meramente físico o material, porque el mismo contiene un valor ético propio de la personalidad humana consciente y libre. Es obvio, entgonces, que el trabajo no puede ser considerado mercancía.
Como expresión de esa personalidad, el trabajo es co-creación con Dios que dejó inconcluso el mundo para que el hombre lo labre y perfeccione con sus realizaciones; y además de ser medio adecuado para sustento propio y de la familia, en proyección social produce los bienes y servicios que necestia la comunidad para una mejor y más conveniente distribución de los mismos. Esta realidad lleva a la natural defensa de los intereses laborales por medio de la constitución de sindicatos y asociaciones profesionales.
En la organización de aquéllos y éstas, se configura la defensa integral del oficio y de la profesión. Se procura así el mejoramiento del ámbito laboral, la empresa, asegurando el perfeccionamiento del trabajador y del profesional, cuidando de las condiciones morales y materiales del trabajo. La empresa debe constituirse en una auténtica "comunidad de personas" (Juan XXIII); debe ser más que una asociación de capitales, ya que la acción humana, precisamente por tal, rebasa cualquier concepción materialista. Reducir la empresa a quienes poseen su propiedad, es acotarla en su proyección social.
Si es deber del sindicato, en la actual estructura económica, la obtención de una retribución justa que cubra las necesidades del grupo familiar del trabajador (alimentación, vestimenta, habitación, salud, educación, esparcimiento, ahorro...) se colige la primacía del trabajo en realción al capital (postulado esencial de la moral social).
De allí, entonces, que en este sistema, lo repetimos, como primera medida propugnamos la humanización del capital en el sentido de legítima y necesaria asociación del trabajo a aquél.
Pero el ideal es lograr que el trabajo, como tal, participe en la propiedad: no es, en efecto, el capital que produce, sino el trabajo que utiliza a éste como medio.
La propiedad es atribución, y la posesión, poderío, dominino. Para suprimir el sistema capitalista basta atribuir la posesión del instrumento de trabajo a quienes legítimamente lo necesitan para la producción, es decir, los productores, pudiendo permanecer la propiedad en manos de quien la formó (pero, no, de quien la robó). Así podrá aspirarse a una comunidad de productores, sin parásitos ni explotación. Solamente de esta manera es cómo se logrará el pleno ejercicio de la libertad individual, superando precisamente al individualismo económico.
El sistema capitalista no es humanizable, porque es, precisamente, antihumano: tan inhumano, como el marxista. Uno produce la explotación del hombre por el hombre; el otro, la del hombre por el Estado. Ambos injustos, engañosos y perturbadores del recto orden social.
En esta organización no capitalista, debe ser precisamente el gremio, como la unión de todos cuantos laboran en un mismo proceso o producen un determinado servicio, el medio del reencuentro de los productores, no divididos por intereses de clase, sino unidos en beneficio propio, en primer término, y en segundo, de la comunidad, desde luego y por supuesto. No habrá sindicalismo de confrontación, sino asociación de conjunción.
11.- Pero mientras debemos luchar para trasmutar el sistema capitalista de opresión, por otro digno de una humanidad salida de las manos de Dios, el sindicato, como legítima organización libre del Pueblo, debe gozar de todos los atributos que la elevada función a cumplir requiere. Y en unidad. De allí que ratificamos la necesidad de una sola representación por rama; el intento, bajo engañosas apelaciones a la libertad, de variadas expresiones sindicales, no es más que propósitos de avasallar las distintas aspiraciones de los trabajadores. El "pluralismo" sindical, parafraseando a Julio Guesde, no más que "el zorro libre en el gallinero libre".
El sindicato, entonces, no es un mero discutidor de salarios, sino debe conformar una verdadera organización que, al tiempo que defiende como nadie los derechos de sus integrantes, aporta su esfuerzo a la comunidad toda. De allí que, como contribución al bien común, resulta imprescindible la legítima, útil y necesaria proyección política de los interese y necesidades de los trabajadores; ya lo había enseñado el Cnel. Perón cuando, obligado a dejar el cargo de Secretario de Trabajo y Previsión, se despidió de ellos en octubre de 1945.
IV. ORDEN ECONÓMICO-SOCIAL
12.- Partiendo de la base de que la economía y la propiedad se deben hacer, únicamente, trabajando, resulta justo un orden económico-social en el cual aquéllas tengan el objetivo esencial, humano, de que el hombre viva y viva plenamente, es decir, en posibilidad de acceder a todos los bienes necesarios (materiales, espirituales, morales, intelectuales, etc...) para el desarrollo integral de su personalidad.
Por lo tanto, no puede existir desvinculación alguna entre los principios morales y los económicos, pues éstos se hallan justificados en función del hombre. No es el hombre para la economía, sino la economía para el hombre (Perón).
Concebimos, así, la economía como el resultado de la libre cooperación en el esfuerzo productivo de todos los agentes del hecho económico que, por ser humanos, es social y es político. De modo que en el marco de pautas justas ordenadas al Bien Común, la economía tiene una función social que cumplir para lograr el bienestar social, y esto al efecto de concretar las condiciones para el desarrollo de la sociedad en su conjunto. Esta armonía sólo se consigue mediante una sociedad participativa, donde el hombre tenga algo que ofrecer y no sólo una presencia muda y pasiva, pues "al sentido de comunidad se llega desde abajo y no desde arriba" (Perón).
Este enfoque supera largamente la organización capitalista que, so capa de tutelar la libertad, aplasta la verdadera autodeterminación a través de la concentración del poder económico y financiero; y a la pretendida solución marxixta que, al nulificar a la persona, concluye en elitismos no menos nefastos e inhumanos. Ni lucha de clases ni libre concurrencia, porque ambos son materialistas e inhumanos (Pio XI).
El hombre, libre protagonista de su trabajo, proyecta el yo hacia el nosotros en fecundidad operativa. Sostenemos toda organización libre del Pueblo que defienda y consolide la economía social, base para el logro de la justicia social, que concluye en equitativa distribución de los frutos del trabajo.
13.- Reconocemos como único y legítimo capital al que sea capaz de movilizar las iniciativas y el trabajo de todos los argentinos. Recordando la admonición de la Conferencia Episcopal Argentina en 1981: "... puesto que Dios es nuestro señor, ningún hombre, ningún grupo de poder, ninguna empresa económica puede erigirse sobre la exclavitud, la degradación o la humillación de los hombres, sea cuales fueren las formas que éstas adopten", afirmamos que cualquier actividad económica debe tener como meta servir a la persona. Decía Hipólito Yrigoyen que la democracia no consiste sól en la garantía de la libertad política, sino que entraña a la vez la posibilidad para todos de poder alcanzar un mínimo de felicidad siquiera.
Los hechos económicos -eficiencia, lucro, interés, consumo, producción- no deben ser fines en sí mismos, y no han de prevalecer sobre los derchos esenciales de los hombres. La economía está subordinada al bienestar de la persona y de la sociedad; y no al revés.
Nuestras riquezas -recordaba Enrique Mosconi- deben redundar para "el bienestar moral y material del Pueblo Argentino". Sostener el desarrollo de los pueblos sobre la base de las ambiciones particulares, es destruir el principio de la solidaridad, para crear una sociedad de caníbales.
Expresa el Episcopado Argentino:"Un sistema económico que no procure justicia, pan, trabajo y libertad al conjunto de los argentinos, es nocivo, está en el error y va contra el hombre". Y la Pontificia Comisión "Justitia et Pax": "...las estructuras económicas y los mecanismos finanacieros están al servicio del hombre y no a la inversa".
Una economía sin moral y contra el hombre, resulta aberrante, perversa y demoníaca, concluyendo en una tecnoburocracia que desemboca, en lo político, en la concentración del poder; y en lo social en la tiranía de los mercados financieros. "La tarea no debe reducirse a que las cuentas cierren para tranquilizar los mercados. No es suficiente haber bien los deberes hacia afuera" (Los Obispos de la Argentina. 2000).
14.- Pero no es posible la justa distribución de los bienes si los resortes básicos de la economía no se hallan en manos de la Nación, a través del fiel ejercicio del gobierno y de la autenticidad de sus instituciones, para beneficio del Pueblo. No se puede pretender un país con posibilidad de decisión nacional si el Estado renuncia a su misión de controlar los fundamentos económico-financieros, como la moneda, por ejemplo, pues se compromete estratégicamente la misma permanencia de la Argentina como nación soberana. Lo mismo afirmamos de las empresas, cuya vil entrega ha debilitado el cuerpo social; el afán por privatizar y de cualquier manera, nos convirtió en factoría. Deberemos reparar este dislate. Asimismo no se logró ninguna de las "mentidas-promesas" de quienes aseguraban que el Estado, al dejar la administración de las mismas, iba a reforzar su acción en justicia, seguridad y educación. ¿Tenemos, acaso, más educación, seguridad y justicia que una década atrás? La respuesta es taxativa: ¡no!
Los manejos de la alta finanza internacional, las empresas multinacionales y sus epígonos locales, "perduellis y oligarcas" (José Luis Torres), el saqueo de los recursos naturales, la inmoral y usuraria deuda externa (que no podrá resolverse mientras los "deudores" no programen una acción política de conjunto) producen, por fatal consecuencia del "imperialismo internacional del dinero" (Pío XI), la dependencia de las naciones, la esclavitud de sus pueblos, la imposibilidad real de la consecución de empleos dignos y de planes de desarrollo, de salarios justos y de precios internacionales equitativos, manteniendose una ficción de soberanía por el uso de la bandera y el canto del himno nacional (devaluados y con minuscula), concluyendo en la tiranía de los menos contra los más, oclocracia oligárquica y pérfida sostenida por grupos ideológicos foráneos. Industria muerta, precios deformados y convertibilidad nos ha colocado en el sector de pueblos dominados.
15.- Un párrafo para la ilegítima, imnoral e impagable deuda "externa", saqueo financiero sin parangón en la historia argentina.
El Sumo pontifice ha llamado repentinamente la atención, sobre todo con motivo de este año jubilar, de lo insoportable e insostenible que resulta la misma para los países deudores; deudas cuyos montos no han podido ser todavía verificados. La usura fue condenada desde siempre por los Padres y Escritores de la Iglesia: el préstamo a interés estaba vedado a los cristianos. Por eso lo realizaban gentes sin escrúpulos y con un "particular" sentido de lo ético.
La pretendida deuda externa, por obra y gracia de la usura de los grupos financieros internacionales, se ha tornado "una de las amenazas más peligrosas contra el destino nacional" (Mons. Dr. Héctor Aguer). Hcemos nuestra la angustia de este pastor que patéticamente expresara: "Una pesada lápida amenaza caer sobre nosotros sepultando nuestros propósitos y deber de contituir efectivamente una Nación justa, libre y soberana. Ya puede adivinarse la inscripción mortuoria: 'aquí yace la República Argentina. Vivió pagando, murió debiendo'". Porque, como repetidamente nos enseñara ese gran patriota que fuera Alejandro Olmos, "o se está al servicio del país contra la deuda externa, o se está al servicio de la deuda externa contra el país".
Ya en 1989 los obispos norteamericanos, en un notable "llamamiento a la corresponsabilidad, la justicia y la solidaridad", expresaban que "los deudores no pueden ser reducidos a una situación de pobreza extrema para pagar sus deudas"; "el problema de la deuda, con sus consecuencias humanas, es económicamente insostenible, políticamente peligroso y éticamente inaceptable".
Así es porque la "refinanciación ad aeternum... genera una situación de dependencia permanente entre el prestamista y el prestario" (Adrián Salbuci). ¡¡¡Y esto es un problema político!!!
Pues de lo que se trata, ni más ni menos, es de lograr que el hombre argentino sea liberado de aquéllo que a él oprime y aliena a la Nación.
Un hombre económicamente dominado no es libre, pues "en la necesidad no radica la libertad" como magnificamente sintetizara un eminente líder tercerista y, por tanto, no puede lograr ni su finalidad natural ni su vocación sobrenatural, cosificándose e instrumentándose en aras a injustas e inhumanas ideologías. Una nación sin independencia económica, por tanto, pierde identidad y la posibilidad de su destino. Acá el "unidos o dominados" adquiere patética vigencia; por eso sostenemos que los países deudores deben aunar esfuerzos en común ante el club de los acreedores, representados por las corporaciones financieras internacionales.
(la tercera parte será publicada en la próxima actualización)
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